Niebla
Niebla Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos, demostrando conocerlos bastante bien, lo que no dejó, ¡claro está!, de halagarme, y en seguida empezó a contarme su vida y sus desdichas. Le atajé diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida sabÃa yo tanto como él, y se lo demostré citándole los más Ãntimos pormenores y los que él creÃa más secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como quien mira a un ser increÃble; creà notar que se le alteraba el color y traza del semblante y que hasta temblaba. Le tenÃa yo fascinado.
—¡Parece mentira! —repetÃa—, ¡parece mentira! A no verlo no lo creerÃa… No sé si estoy despierto o soñando…
—Ni despierto ni soñando —le contesté.
—No me lo explico… no me lo explico —añadió—; mas puesto que usted parece saber sobre mà tanto como sé yo mismo, acaso adivine mi propósito…
—Sà —le dije—, tú —y recalqué este tú con un tono autoritario—, tú, abrumado por tus desgracias, has concebido la diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo, movido por algo que has leÃdo en uno de mis últimos ensayos, vienes a consultármelo.
El pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseÃdo mirarÃa. Intentó levantarse, acaso para huir de mÃ; no podÃa. No disponÃa de sus fuerzas.