Niebla
Niebla Domingo y Liduvina recogieron luego al pobre perro muerto a los pies de su amo, depurado como este y como él envuelto en la nube tenebrosa. Y el pobre Domingo, al ver aquello, se enterneció y lloró, no se sabe bien si por la muerte de su amo o por la del perro, aunque lo más creÃble es que lloró al ver aquel maravilloso ejemplo de lealtad y fidelidad. Y dijo:
—¡Y luego dirán que no matan las penas!