Niebla
Niebla Y cerró los ojos con el propósito de pensar en Eugenia. ¿Pensar?
Pero este pensamiento se le fue diluyendo, derritiéndosele, y al poco rato no era sino una polca. Es que un piano de manubrio se habÃa parado al pie de la ventana de su cuarto y estaba sonando. Y el alma de Augusto repercutÃa notas, no pensaba.
«La esencia del mundo es musical —se dijo Augusto cuando murió la última nota del organillo—. Y mi Eugenia, ¿no es musical también? Toda ley es una ley de ritmo, y el ritmo es el amor. He aquà que la divina mañana, virginidad del dÃa, me trae un descubrimiento: el amor es el ritmo. La ciencia del ritmo son las matemáticas; la expresión sensible del amor es la música. La expresión, no su realización; entendámonos».
Le interrumpió un golpecito a la puerta.
—¡Adelante!
—¿Llamaba, señorito? —dijo Domingo.
—¡SÃ… el desayuno!
HabÃa llamado, sin haberse dado de ello cuenta, lo menos hora y media antes que de costumbre, y una vez que hubo llamado tenÃa que pedir el desayuno, aunque no era hora.
«El amor aviva y anticipa el apetito —siguió diciéndose Augusto—. ¡Hay que vivir para amar! SÃ, ¡y hay que amar para vivir!».
Se levantó a tomar el desayuno.