Niebla

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—Cállate, hombre, cállate, no desbarres.

—El conocimiento, Ermelinda…

Sonó el timbre de la puerta.

—¡Ella! —exclamó con misteriosa voz el tío.

Augusto sintió una oleada de fuego subirle del suelo hasta perderse, pasando por su cabeza, en lo alto, encima de él. Y empezó el corazón a martillarle el pecho.

Se oyó abrir la puerta, y ruido de unos pasos rápidos e iguales, rítmicos. Y Augusto, sin saber cómo, sintió que la calma volvía a reinar en él.

—Voy a llamarla —dijo don Fermín haciendo conato de levantarse.

—¡No, de ningún modo! —exclamó doña Ermelinda, y llamó.

Y luego a la criada, al presentarse:

—¡Di a la señorita Eugenia que venga!

Se siguió un silencio. Los tres, como en complicidad, callaban. Y Augusto se decía: «¿Podré resistirlo?, ¿no me pondré rojo como una amapola o blanco cual un lirio cuando sus ojos llenen el hueco de esa puerta?, ¿no estallará mi corazón?».


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