Niebla
Niebla Cuando llamó aquel otro dÃa Augusto a casa de don FermÃn y doña Ermelinda, la criada le pasó a la salita diciéndole: «Ahora aviso». Quedóse un momento solo y como si estuviese en el vacÃo. SentÃa una profunda opresión en el pecho. CeñÃale una angustiosa sensación de solemnidad. Sentóse para levantar al punto y se entretuvo en mirar los cuadros que colgaban de las paredes, un retrato de Eugenia entre ellos. Entráronle ganas de echar a correr, de escaparse. De pronto, al oÃr unos pasos menudos, sintió un puñal de hielo atravesarle el pecho y como una bruma invadirle la cabeza. Abrióse la puerta de la sala y apareció Eugenia. El pobre se apoyó en el respaldo de una butaca. Ella, al verle lÃvido, palideció un momento y se quedó suspensa en medio de la sala, y luego, acercándose a él, le dijo con voz seca y baja:
—¿Qué le pasa a usted, don Augusto, se pone malo?
—No, no es nada; qué sé yo…
—¿Quiere algo?, ¿necesita algo?
—Un vaso de agua.
