Niebla
Niebla —No, no, no, ¡formalidad! —y desprendiendo su mano de las de él prosiguió—: Yo no sé qué género de esperanzas le habrán hecho concebir mis tÃos, o más bien mi tÃa, pero el caso es que me parece que usted está engañado.
—¿Cómo engañado?
—SÃ, han debido decirle que tengo novio.
—Lo sé.
—¿Se lo han dicho ellos?
—No, no me lo ha dicho nadie, pero lo sé.
—Entonces…
—Pero es, Eugenia, que yo no pretendo nada, que no busco nada, que nada pido; es, Eugenia, que yo me contento con que se me deje venir de cuando en cuando a bañar mi espÃritu en la mirada de esos ojos, a embriagarme en el vaho de su respiración…
—Bueno, don Augusto, esas son cosas que se leen en los libros; dejemos eso. Yo no me opongo a que usted venga cuantas veces se le antoje, a que me vea y me revea, a que hable conmigo y hasta… ya lo ha visto usted, hasta a que me bese la mano, pero yo tengo un novio, del cual estoy enamorada y con el cual pienso casarme.
—Pero ¿de veras está usted enamorada de él?
—¡Vaya una pregunta!
—Y ¿en qué conoce usted que está de él enamorada?