Niebla
Niebla —Señorito —entró un dÃa después a decir a Augusto Liduvina—, ahà está la del planchado.
—¿La del planchado? ¡Ah, sÃ, que pase!
Entró la muchacha llevando el cesto del planchado de Augusto. Quedáronse mirándose, y ella, la pobre, sintió que se le encendÃa el rostro, pues nunca cosa igual le ocurrió en aquella casa en tantas veces como allà entró. ParecÃa antes como si el señorito ni la hubiese visto siquiera, lo que a ella, que creÃa conocerse, habÃala tenido inquieta y hasta mohÃna. ¡No fijarse en ella! ¡No mirarla como la miraban otros hombres! ¡No devorarla con los ojos, o más bien lamerle con ellos los de ella y la boca y la cara toda!
—¿Qué te pasa, Rosario, porque creo que te llamas asÃ, no?
—SÃ, asà me llamo.
—Y ¿qué te pasa?
—¿Por qué, señorito Augusto?
—Nunca te he visto ponerte asà de colorada. Y además me pareces otra.
—El que me parece que es otro es usted…
—Puede ser… puede ser… Pero ven, acércate.
—¡Vamos, déjese de bromas y despachemos!
—¿Bromas? Pero ¿tú crees que es broma? —le dijo con voz más seria—. Acércate, asÃ, que te vea bien.
