Niebla
Niebla Pocos dÃas después de esto entró una mañana Liduvina en el cuarto de Augusto diciéndole que una señorita preguntaba por él.
—¿Una señorita?
—SÃ, ella, la pianista.
—¿Eugenia?
—Eugenia, sÃ. Decididamente no es usted el único que se ha vuelto loco.
El pobre Augusto empezó a temblar. Y es que se sentÃa reo. Levantóse, lavóse de prisa, se vistió y fue dispuesto a todo.
—Ya sé, señor don Augusto —le dijo solemnemente Eugenia en cuanto le vio—, que ha comprado usted mi deuda a mi acreedor, que está en su poder la hipoteca de mi casa.
—No lo niego.
—Y ¿con qué derecho hizo eso?
—Con el derecho, señorita, que tiene todo ciudadano a comprar lo que bien le parezca y su poseedor quiera venderlo.
—No quiero decir eso, sino ¿para qué la ha comprado usted?
—Pues porque me dolÃa verla depender asà de un hombre a quien acaso usted sea indiferente y que sospecho no es más que un traficante sin entrañas.
—Es decir, que usted pretende que dependa yo de usted, ya que no le soy indiferente…
