Diálogo de las cosas acaecidas en Roma
Diálogo de las cosas acaecidas en Roma ¿Cómo que no la quiso guardar? Antes os digo de verdad que en viniendo a sus manos la capitulación de esa tregua, aunque las condiciones de ella eran injustas y contra la honra y reputación del Emperador, luego su Majestad, sin tener respecto a lo que el Papa había hecho con tanta deshonestidad dando investiduras de sus reinos a quien ningún derecho tenía a ellos -cosa de que los niños se deberían aun burlar-, la ratificó y aprobó, mostrando cuánto deseaba la amistad del Papa y estar en conformidad con él, pues quería más aceptar condiciones de concordia injusta que seguir la justa venganza que tenía en las manos. Mas, por permisión de Dios, que tenía determinado de castigar sus ministros, la capitulación tardó tanto en llegar acá y la ratificación en ir allá, que antes que llegase estaba ya hecho lo que se hizo en Roma. Y, cierto, si bien lo queréis considerar, ninguno tuvo la culpa sino el mismo Papa que, pudiendo vivir en paz, buscó la guerra, y esa tregua más la hizo por necesidad que no por virtud, cuando vio la determinación con que iba a Roma el ejército del Emperador. ¿Y no fuera más razón que vosotros guardarais la que hicisteis con don Hugo? Habiendo así rompido aquella, ¿qué se podía esperar sino que otro tanto haríais a esta, si el ejército se volvía? Y ya que visteis que el ejército no se quería volver, ¿por qué no moderasteis aquellas injustas condiciones que en la tregua habíais puesto, y volviérase el ejército y Roma quedara libre?