Diálogo de las cosas acaecidas en Roma

Diálogo de las cosas acaecidas en Roma

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Pues veis aquí: Dios es padre de todos nosotros, y dionos por maestro al Romano Pontífice, para que de él y de los que cabo él estuviesen aprendiésemos a vivir como cristianos. Y como los vicios de aquella corte romana fuesen tantos, que infeccionaban los hijos de Dios, y no solamente no aprendían de ellos la doctrina cristiana, mas una manera de vivir a ella muy contraria, viendo Dios que ni aprovechaban los profetas, ni los evangelistas, ni tanta multitud de santos doctores como en los tiempos pasados escribieron vituperando los vicios y loando las virtudes, para que los que mal vivían se convirtiesen a vivir como cristianos, buscó nuevas maneras para atraerlos a que hiciesen lo que eran obligados, y, allende otros muchos buenos maestros y predicadores que ha enviado en otros tiempos pasados, envió en nuestros días aquel excelente varón Erasmo Roterodamo, que con mucha elocuencia, prudencia y modestia en diversas obras que ha escrito, descubriendo los vicios y engaños de la corte romana y, en general, de todos los eclesiásticos, parecía que bastaba para que los que mal en ella vivían se enmendasen, siquiera de pura vergüenza de lo que se decía de ellos. Y como esto ninguna cosa os aprovechase, antes los vicios y malas maneras fuesen de cada día creciendo, quiso Dios probar a convertirlos por otra manera, y permitió que se levantase aquel fray Martin Luter, el cual no solamente les perdiese la vergüenza, declarando sin ningún respeto todos sus vicios, mas que apartase muchos pueblos de la obediencia de sus prelados, para que, pues no os habíais querido convertir de vergüenza, os convirtieseis siquiera por codicia de no perder el provecho que de Alemania llevabais, o por ambición de no estrechar tanto vuestro señorío si Alemania quedase casi, como ahora está, fuera de vuestra obediencia.


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