Genio y figura
Genio y figura Todos la aclamaron reina de la función, asà por su calidad de extranjera, como por ser la más hermosa, y, sin duda, la de más encumbrada jerarquÃa entre las de su oficio. Casi, casi, era una señorita. VivÃa con su papá, que tenÃa no poco de respetable, que se ganaba la vida componiendo relojes, y que era fervoroso cristiano, aunque protestante, leyendo mucho la Biblia en sus horas de asueto. Ni se le podÃa acusar de excitación, connivencia o tolerancia en las transgresiones de su hija. Se oponÃa a ellas, pero como nada lograba con oponerse, acababa por aguantarlas, si bien con hondo dolor, para cuyo alivio apelaba a la bebida, de suerte que el ver al relojero alemán un tanto cuanto tomado del aguardiente, era indicio infalible de que Catalina no estaba en casa y andaba corriendo aventuras. Porque eso sÃ, ella respetaba la casa paterna y jamás allà las tenÃa, como no fuese con mil sigilosas precauciones y a furto del severo autor de su existencia.
Catalina, al acudir a fiesta tan numerosa y estruendosa, daba un paso atrevido e inusitado, y atropellaba un poco su decoro, y, si no su buena, su mediana fama: todo por devoción a Arturito, cuya munificencia la encantaba y seducÃa.