Genio y figura
Genio y figura Nada, durante los dos o tres meses que se siguieron pudo notar la persona más lince ni propalar la más maldiciente, que en la conducta de Rafaela contradijese los propósitos expresados por ella en su coloquio con el Vizconde. Se dirÃa, por el contrario, que ella se extremaba en realizarlos. Sus mimos, sus cuidados hacia D. JoaquÃn eran incesantes. Entonces aún no habÃa ferrocarril hasta Petrópolis. D. JoaquÃn, que habÃa envejecido, aunque gustaba de ir allÃ, se fatigaba mucho y Rafaela se opuso a que fuese. Si iba alguna vez, Rafaela le acompañaba y compartÃa con él la fatiga. Jamás se quejaba ya de jaqueca, ni enviaba al campo a D. JoaquÃn cuando estaba jaquecosa. Casi siempre, sin jaqueca, y aun cuando por acaso la padeciese, se complacÃa en tener a D. JoaquÃn a su lado. Y al mismo tiempo no se mostraba ni triste ni más seria que en lo pasado; su buen humor y su alegrÃa eran como siempre. Sus concurridas tertulias se hicieron diarias y sin interrupción. Nadie hubiera podido declarar con fundamento que la partida de Juan Maury habÃa modificado el ser de Rafaela.
Su amistad hacia el Vizconde siguió tan fina y tan estrecha como en el coloquio, pero sin que el coloquio se repitiese. Ella seguÃa hablando con el Vizconde, si bien delante de todos y sin dar que sospechar. Su conversación amistosa la consolaba y la deleitaba.
No tardó Rafaela en perder también este consuelo y este deleite.
