Genio y figura
Genio y figura —Dicen —exclamaba atribulado el Vizconde— que nuestro siglo carece de ideal. Las personas que presumen de poéticas y delicadas deploran mucho esta carencia. ¿Puede imaginarse mayor majaderÃa? Al contrario: en nuestro siglo hay plaga de ideales. Son una epidemia, casi estoy por llamarlos una epizootia, causa de mil infortunios, guerras, revoluciones y muertes.
Todo esto y mucho más lo discurrÃa el Vizconde, sin sosiego, casi temblando de emoción, tomando a escape el sombrero, bajando precipitadamente las escaleras y entrando en el primer fiacre que vio pasar para que le llevase a todo correr, y mucho antes de la hora convenida, en casa de la Sra. de Figueredo.
TodavÃa en el camino, aunque le hizo el caballo a todo correr, pugnó el Vizconde por fortalecer su espÃritu y por creer que lo que habÃa leÃdo no podÃa tener mal resultado y era sólo conjunto de burlas o de declamaciones, inventado por Rafaela para lucirse y hacer gala de las muchÃsimas cosas que habÃa aprendido durante su larga estancia en ParÃs y de lo acicalado y agudo que habÃa llegado a ponerse su ingenio.
—Me va a recibir con risa. Va a soltar una sonora carcajada al ver mi inquietud. Es evidente… ella me ha enviado el libro para que yo acuda a la cita algunas horas antes… impaciente de verme… deseosa de que pasemos todo el dÃa en amor y compaña.