Genio y figura
Genio y figura El poder didáctico de Rafaela jamás realizó en nadie tan rápidas y provechosas mudanzas como en el ánimo y en todo el ser de Arturo Machado.
Las saudades que él tenÃa de ParÃs, y que le hacÃan fastidioso a él mismo y a las demás personas, se disiparon por completo. Arturito volvió a gustar de su patria como cuando era estudiante y no habÃa vivido aún en el corazón y en el cerebro del mundo, como llama a ParÃs VÃctor Hugo. Se hizo ordenado y económico y ni gastaba ni sabÃa en qué gastar su dinero. No pensaba ya en francachelas ni en vigilias tempestuosas. Y con su vida regular y morigerada recobró la salud, que nunca habÃa sido muy fuerte y que habÃan estragado las excitaciones constantes de la existencia de calavera, para la cual no habÃa nacido. Porque, si bien era lindo mozo, agraciado y simpático, tenÃa más de enclenque que de robusto. Era de genio manso, suave e inclinado a la quietud y a la paz. Y sólo el mal ejemplo, las perversas compañÃas y hasta la propia docilidad con que cedÃa él y dejaba que le guiasen habÃan sido causa de sus travesuras y derroches pasados. Para Rafaela, hecha ya esta conversión, se desvaneció por desgracia casi todo el atractivo de Arturito. Empezó a hallarle poco ameno, y después soso, y por último llegó a encontrarle empalagosÃsimo a causa de su dulzura.
