Genio y figura
Genio y figura Hacemos aquí tan particular y detenida mención de Octaviano por lo mucho que amaba a Arturito, de quien había tenido especial cuidado y con quien había jugado cuando niño, llevándole a paseo y a la escuela, y acompañándole luego cuando fue a estudiar a las Universidades de San Pablo y de Olinda. Arturito no llevó a París a Octaviano por no llamar la atención. Y no porque Octaviano fuese negro, sino por la singularidad de ciertos indelebles adornos que le distinguían, y que sin duda le hicieron y trajo de su país como señales de su categoría principesca. Ello es, que desde la punta de la nariz, subiendo por el caballete, atravesando el entrecejo y por medio de la frente hasta el nacimiento de sus cabellos crespos, tenía como una ristra de burujoncillos que parecían repulgos de empanada, y en las negras y relucientes mejillas llevaba un laberinto de incisiones, formando caprichosos dibujos, que sólo Dios sabe si serían expresión simbólica de la Teogonía y de la Cosmogonía de su tierra. Para averiguarlo, acaso no hubiera sido suficiente que sabios profundísimos empleasen más tiempo en estudiar su cara que Juan Francisco Champollion en estudiar la piedra de Roseta o que León de Rosny en estudiar los enmarañados códices cortesiano y troano.
Así se preparó la fiesta, que prometía ser notabilísima por todo; hasta por la singularidad del maestresala.