Colacho hermanos o Presidentes de America

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ACIDAL: —Dirá lo que digo yo. ¡Déjese de chismes, don Rupe! Aquello de… ¡Qué disparate! Tenga usted mi palabra de honor… (Le tiende la mano que don Rupe deja en el aire). Preñada… Quizás… Es muy posible… Pero… ¿de los dos? (Vuelve los ojos relumbrantes de alcohol y los pone en el montón informe que hace el cuerpo de Taya en la sombra de un rincón. Don Rupe observa alternativamente a Taya y a Acidal, quien, al cabo de unos segundos, llama a la sirvienta). ¡Taya!

TAYA: —Don Acidal.

ACIDAL: —Ven. (A Taya que se ha acercado a ellos). Aquí estamos con tu padre. Siéntate. (Taya se sienta). Don Rupe, su hija, es verdad, yo la quiero… Mi corazón es de ella… (Taya llora bajo). Taya, no llores. Tu padre dice… ¿es cierto que estás preñada? Habla… ¿Qué tienes con Cordel? Habla delante tu padre.

TAYA: —¡Por favor, don Acidal!

ACIDAL: —Contesta y no tengas miedo. Tú comprendes que no voy a tener celos de mi hermano. ¿Entonces? En vez de llorar, ¡responde! ¿Estás preñada?

DON RUPE: —Será por ser pobre, china. Con razón, al anochecer, me dan frío mis calzones. (Taya sigue sollozando).

ACIDAL: —Yo no quiero, don Rupe, que se vaya usted enojado conmigo. No es porque yo tenga miedo a sus brujerías, sino porque Taya es, en resumidas cuentas, de la casa.


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