El arte y la revolucion
El arte y la revolucion Un retrato ha de contener en esencia a una vida, es decir, la personalidad infinita, la figura pasada, presente y futura, en fin el rol integral de una vida. El artista hurgará el misterio de esa vida, descubrirá su sentido permanente y cambiante de belleza y lo hará sensible en lÃneas, colores, planos, movimientos, masas, direcciones. Un retrato es, pues, la revelación de una vida, de principio a fin de trayectoria. Un retrato es dato de oráculo, cifra de adivinación, explicación del misterio, excavación de la fábula. Todo esto es el carácter de un retrato.
Pero la creación del retrato, como todas las creaciones, tiene su heroicidad. Esta heroicidad radica en una lucha entre el infinito de un ser o sea su carácter, que es descubierto y revelado por el artista, y la ubicación de ese ser en un espacio y tiempo circunstanciales. Esta ubicación, este finito, es el parecido. El artista dosificará las partes del conflicto según su emoción. Las circunstancias de espacio y de tiempo, dentro de las cuales es sorprendido el infinito de su vida, no han de ser subordinadas al punto de no ser ya posible reconocer a la persona en el retrato. De un cierto equilibrio misterioso entre lo visible e invisible de un retrato, entre lo circunstancial y lo permanente de él, o, lo que es igual, entre el parecido y el carácter, depende la grandeza de la creación.
