La piedra cansada
La piedra cansada Suena el timbre, se apagan las luces de la sala y, antes de alzarse el telón, se oye en el escenario el ruido de una labor de masa: choques de piedras y de picas, pasos apresurados, voces confusas. Luego, un redoble lejano de tambores. Exclamaciones: «¡El Inca! ¡El cortejo imperial! ¡Las calli-sapas!… ¡Las princesas amarillas!» cesa el ruido de trabajo. Un coro femenino entona, acercándose, el haylli, y el telón se levanta lentamente, dejando ver una segunda sección de los baluartes en construcción de Sajsawaman. Un gran muro circular a medio alzar, con un pasadizo o pórtico lateral, segundo plano izquierda. El muro, mirando al público, da lugar, en el proscenio, a una especie de rotonda, con salida a ambos lados de la escena. Una muchedumbre de trabajadores, puestos de rodillas y dando frente al pasadizo lateral izquierdo, oyen, los ojos alzados al cielo, sumidos en un éxtasis mÃstico, el coro femenino invisible. Un silencio profundo impera luego en el tablado.
LA MULTITUD, puesta de pie, aclama al emperador: —¡Payta Yuyarina! ¡Alma de la luz! ¡Estandarte de la Aurora! ¡Lloque Poderoso!… (La muchedumbre calla y reina otro silencio, durante el cual los quechuas miran absortamente por la puerta de la izquierda).
