Novelas y cuentos completos

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El torrente seguía resonando en la oscura gruta.

De improviso «Picaflor» frunció las ventanillas de la nariz y las hizo latir con creciente alborozo y con no sé qué mohín cordial en sus ojillos húmedos, color de bilis muerta. Dejó bruscamente de ladrar, fue acercándose al borde de la compuerta, y he allí que, como llamada por invisible mano, metió toda la cabeza dentro de la sombría profundidad, lamió adentro la vaga figura del vidriado y empezó a mover el rabo con loco regocijo. Volvió de un salto hacia Adelaida y, encabritándose ante ella, dobló las manitos esclavas, como pidiendo perdón, y lamía los desnudos y tostados brazos de su pequeña ama, con su ciego y jubiloso cariño de animal que reconoce a su dueño…

II


A la hora en que Balta salía de dormir, ya Adelaida había también regado y, con escoba que ella misma hacía de verdes y olorosas hierbasantas traídas a esa hora de la campiña, había barrido, plata, los dos corredores, los dos patios hasta cerca de los primeros rellanos del huerto, la pequeña sala de arriba, el zaguán y la calle correspondiente a la casa. Se había lavado, y cuando servía el caldo matinal, de rica papaseca, festoneada de tajadas de áureo rocoto perfumado, a su marido plácido, todavía caían al plato humeante algunas gotas de mujer, de sus largas y negras trenzas.


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