Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos El relieve representaba un esqueleto tañendo una quena, hecha de un collar de cráneos humanos reducidos. Bullían en torno danzantes de ambos sexos y de todas las edades. Aunque la figura del músico macabro estaba ya terminada, parecía aún un boceto, pues tenía un no sé qué de cosa perpetuamente en borrador, en fin, de una eterna gestación de líneas. Los talladores estaban a la sazón esculpiendo, a la zaga de esta primera parte del friso, la segunda sección del bajorrelieve, que representaba un coro de plañideras. Uno de los artistas cincelaba el rebozo de una de las lloradoras; otro labraba un pie descalzo, levantado hacia atrás, al dar el paso; aquel desleía una angustia excesiva en unos labios; este delineaba una lágrima, cayendo a la altura de un cuello cetrino y joven, y cual luchaba, hacía algunos días, por atenuar la cavilosa vibración de unas pestañas… Los talladores trabajaban ardorosamente. Uno de ellos exclamó sorprendido, a mitad o al final de su labor:
—¡Oro!… ¿De dónde sale oro en esta piedra?
A un golpe de cincel, una chispa de oro apareció en la palma de una mano del relieve. Meditó el artista un momento, sin decidirse a limar el aspa del metal sagrado. Contempló desde diversos puntos de vista la mano, la palpó varias veces y con sumo cuidado, poniendo el alma en las yemas de los dedos. Volvió a meditar largamente y una sonrisa inefable iluminó su rostro: la mano estaba perfecta. ¡Ni una línea más ni un átomo menos!