Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos No es que Túpac Yupanqui repudiase la vida de las armas y de las conquistas. Durante su reinado, no había hecho otra cosa sino guerrear siempre. Su padre, Pachacútec, le dejó mucho por hacer. Todos los señoríos esparcidos en el norte, desde el de los chancas hasta el de Tumbes, cuyo régulo aún permanecía en rehenes en el Cusco, acababan de ser sometidos por Túpac Yupanqui. Largos años de sangre y ambición. Expediciones heroicas, sin precedente en la dinastía, primero sobre los nazcas poderosos, tan hábiles artífices como animosos defensores de su libertad y luego sobre el dominio de los chimús, orgullosos rivales de los Incas. Esta última ofensiva duró ocho años, con peripecias de todo género y con encarnizadas batallas de bajas incontables. El solo asedio y asalto a la inexpugnable fortaleza de Paramonga, al iniciar la invasión, costó cinco mil quechuas. El mismo Túpac Yupanqui dirigió la estrategia, siendo herido de un flechazo en el brazo. Después, fue la toma de la populosa, brillante y soberbia Chanchán, capital de los chimús. Victorias y hazañas que ningún antecesor suyo había realizado. Allí estaba la historia, los quipus elocuentes y veraces, los relatos y testimonios de sus generales, de los soldados y del pueblo, las odas de los aravicus, los himnos triunfales, las danzas de guerra, los trofeos, los relieves y monumentos que moran en los tambos y diversos teatros de los hechos… Túpac Yupanqui era, pues, un emperador guerrero. Mas ahora ansiaba un remanso a las fragosas jornadas, un remanso que él, ciertamente, ignoraba cuánto tiempo duraría. Ansiaba paz y trabajo. Que obrase el pensamiento en su estambre sutil y tranquilo y que la tierra produjese el tallo que da sombra y frescura, la semilla que nutre y prolifica, la flor que se abre para los tabernáculos, para las cunas y las tumbas. Ansiaba trabajo y paz. Que la alegría exhalase la risa fecunda y confortante; que se serenase el cielo sobre las frentes de gañanes y pastores; que el marido besase a su mujer, y que los ardientes crepúsculos del reino vertiesen mansa luz sobre los sacerdotes, tormentosas figuras de cráneos ovalados y larga barba… El Inca ansiaba ahora el amor, la meditación, el germen, el reposo, las grandes ideas, las imágenes eternas.