Novelas y cuentos completos

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Un silencio profundo guardaron los tres hombres, El herrero y el apuntador miraban fijamente a Benites, esperando su respuesta. El agrimensor seguía meditabundo y agachado. El peso de los argumentos de Huanca le estaban trayendo por tierra. Ya no podía. Ya se sentía casi vencido, por mucho que no alcanzaba a explicarse esa su testaruda inclinación de ahora hacia la causa de los indios y peones. No se daba cuenta Benites, o no quería darse cuenta, de que si ahora estaba con esos dos obreros en el rancho, era solo porque había caído en desgracia con los yanquis y con «Marino Hermanos». ¿Cómo no tuvo antes lástima de los obreros y yanacones, cuando era agrimensor de la «Mining Society» y alternaba, en calidad de amigo, con místers Taik y Weiss? Tipo clásico del pequeño burgués criollo y del estudiante peruano, dispuesto a todas las complacencias con los grandes y potentados y a todos los arribismos y cobardías de su clase. Leónidas Benites, al perder su puesto en las minas y verse arrojado de los pies de sus patrones y cómplices, cayó en un abatimiento moral inmenso. Su infortunio era tan completo, que se sentía el más pequeño y desgraciado de los hombres. Vagaba ahora solo y como un sonámbulo, cada día más escuálido y timorato, por los campamentos obreros y por los roquedales de Quivilca. Por las noches, no podía dormir y, con frecuencia, lloraba en su cama. Una gran crisis nerviosa le devoraba. Alguna vez, le vinieron muy negros pensamientos y, entre estos, la idea del suicidio. Para Benites, la vida sin un puesto y sin una situación social no valía la pena de ser vivida. Su temple moral, su temperatura religiosa, en fin, todo su instituto vital cabía a las justas entre un sueldo y un apretón de manos de un magnate. Perdidos o desplazados estos dos polos fundamentales de su vida, la caída fue automática, tremenda, casi mortal. Cuando tuvo noticias de quién era Huanca y de su llegada oculta a Quivilca, tuvo el agrimensor un súbito sacudimiento moral. Antes de buscar a Huanca, sus reflexiones fueron muchas y desgarradoras. Vaciló varios días entre suplicar y esperar de los yanquis la piedad, o ir a ver a Huanca. Hasta que, una noche, su desesperación fue tan grande que ya no pudo más y fue a buscar al herrero.


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