Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Apenas sonó el canto sagrado, poblando de confusas resonancias el templo, Juncio se echó a reÃr, poseÃdo de un júbilo irresistible. Los niños, que no apartaban un instante los ojos de los soras, pusieron una cara de asombro. Una aversión repentina sintieron por ellos, aunque Analquer, en verdad, no se habÃa reÃdo y, antes bien, se mostraba estupefacto ante aquel espectáculo que, en su alma de salvaje, tocaba los lÃmites de lo maravilloso. Mas Juncio seguÃa riendo. El canto sagrado, las luces en los altares, el recogimiento profundo de los fieles, la claridad del sol penetrando por los ventanales a dejar chispas, halos y colores en los vidrios y en el metal de las molduras y de las efigies, todo habÃa cobrado ante sus sentidos una gracia adorable, un encanto tan fresco y hechizador, que le colmaba de bienestar, elevándolo y haciéndolo ligero, ingrávido y alado, sacudiéndole, haciéndole cosquillas y despertando una vibración incontenible en sus nervios. Los niños, contagiados, por fin, de la alegrÃa candorosa y radiante de Juncio, acabaron también por reÃr, sin saber por qué.
Vino el sacristán y, persiguiéndoles con un carrizo, los arrojó del templo. Un individuo del pueblo, indignado por las risas de los niños y los soras, se acercó enfurecido.
—Imbéciles. ¿De qué se rÃen? Blasfemos. Oye —le dijo a uno de los pequeños—, ¿de qué te rÃes, animal?