Novelas y cuentos completos
Novelas y cuentos completos Terrible pesar sobrevino a mi amigo, como podrá suponerse, ante el anuncio de aquel matrimonio. Acabáronse las sobremesas plácidas; y las aguas de oro y los espumosos benedictines de antes, quizás solo lloraban ahora, estancados en las pupilas de este nuevo José MatÃas, que, desde entonces, parecÃa estar siempre pronto a verter lágrimas de desesperación. Acabóse el buen humor que arcenara, en jocunda guardilla tornasol, la fraternal efusión de los almuerzos soleados y las florecidas cenas retardadas: pues, aun cuando el apetito por las buenas viandas arreciaba con fuerza mayor en el señor Lorena, a raÃz de su sétima caÃda romántica, quijarudo Pierrot punteaba ahora en su alma herida, ahora que los dÃas y las noches le aporreaban con ocasos moscardados de recuerdos, y lunas amarillas de saudad.
No volvió el señor Lorenz a decir palabra alguna sobre Nérida. Caviloso, callado, solo de vez en tarde, enventanaba la taciturnidad del yantar, para estornudar algún versÃculo del Eclesiastés, entre cuyas cenizas aventaba, con aire confinado de orfandad, su desventura. Ante este, que podrÃa llamarse trágico palimpsesto de amor, tenté, en más de una ocasión, escarbar el secreto de sus pensares, a fin de ver si en algo podrÃa yo aliviarle. Pero nada. Siempre que resolvÃame a interrogarle, sentÃa al hombre trancarse a piedra y lacre, pecho adentro, para toda pregunta o confidencia.
Luego, dos mil ciento sesentidós horas.