Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna Barbicane y Nicholl no pudieron menos de sonreÃr. Acababan de hacer arte, por el placer del arte mismo. Nunca se habÃa presentado cuestión más intempestiva en momento más inoportuno. La terrible verdad era que, arrastrado el proyectil hiperbólica o parabólicamente, no habrÃa de encontrar jamás a la Tierra ni a la Luna.
¿Qué sucederÃa, pues, a aquellos atrevidos viajeros en un plazo no muy lejano? Si no morÃan de hambre, si no morÃan de sed, morirÃan a los pocos dÃas por falta de aire, cuando se les concluyera el gas, si el frÃo no habÃa concluido antes con ellos.
Más por importante que les fuera ahorrar gas, el excesivo descenso de la temperatura atmosférica les obligó a consumir cierta cantidad de éste. En rigor podÃan pasarse sin luz, pero no sin calor. Por fortuna, el calor desarrollado por el aparato Reiset y Regnault, elevaba algo la temperatura interior del proyectil y podÃa mantenerse sin gran gasto, en un grado soportable.
Mientras tanto, las observaciones a través de las lentes se habÃan hecho muy difÃciles. La humedad interior del proyectil se condensaba en los cristales y se congelaba inmediatamente. HabÃa que quitar la opacidad del cristal por medio de continuos frotamientos. A pesar de estos obstáculos se pudieron observar fenómenos del más alto interés.