Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna —¡Por Dios, amigo mÃo —exclamó Miguel Ardán—, vaya una hipótesis digna de haber nacido en tu cerebro! ¡No puedes decir eso formalmente! ¿Pues no hemos sido casi aplastados por la sacudida? ¿No te he hecho yo recobrar el conocimiento? ¿No está ahà patente la herida del hombro del presidente por el golpe que ha sufrido?
—Es verdad, Miguel —replicó Nicholl—; pero se me permitirá hacer una pregunta.
—¡Venga!
—¿Has oÃdo la detonación, que sin duda alguna habrá sido formidable?
—No —respondió Miguel Ardán, sorprendido—; verdad es que no he oÃdo la detonación.
—¿Y vos, Barbicane?
—Tampoco.
—¿Y entonces? —dijo Nicholl.
—Es verdad —murmuró el presidente—, ¿por qué no hemos oÃdo la detonación?
Los tres amigos se miraron, algo desconcertados, porque se presentaba un fenómeno inexplicable. El proyectil habÃa partido, luego la detonación debÃa de haber sonado.
—Sepamos primero dónde estamos —dijo Barbicane— y abramos las escotillas.