Ante la bandera

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Según mis cálculos, basados en operaciones precedentes, la marea baja debe producirse a las ocho y cuarenta y cinco, momento en que la parte superior del orificio se descubrirá unos cuarenta centímetros. La altura entre la superficie de las aguas y la bóveda del túnel será más que suficiente para dar paso al tonelillo. Cuento además con enviarle media hora antes, a fin de que la corriente, que se propagará aún de fuera adentro, pueda arrastrarle.

A las ocho, en medio de la penumbra, abandono mi celda. Nadie hay en la ribera. Diríjome hacia la pared en que se abre el túnel. A la claridad de la última lámpara eléctrica encendida en este lado veo el orificio descubrir su arco superior y la corriente que toma esta dirección.

Después de descender por las rocas hasta el nivel del lago, arrojo el tonelillo que encierra el precioso documento, y con él toda mi esperanza.

—¡Vé con Dios! —he repetido—. ¡Ve con Dios!, como dicen nuestros marinos franceses.

El barrilito, inmóvil al principio, vuelve hacia la ribera impulsado por un remolino de agua. Me es preciso rechazarle con fuerza a fin de que la marea le arrastre. Hecho esto, en menos de veinte segundos desaparece por el túnel.


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