Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés SUS SEÑORÍAS
LORD Piborne, sin perder nada de la corrección de sus modales, levantó los diversos papeles depositados sobre la mesa de su gabinete; barajó los periódicos esparcidos aquí y allá; acarició los bolsillos de su bata de terciopelo amarillo, y, volviéndose, acentuó su gestecillo de malhumor.
De esta aristocrática manera, sin otra contracción en los músculos de su rostro, era como su señoría manifestaba ordinariamente sus más vivas contrariedades.

Inclinóse sobre la mesa, cubierta de un tapete con ancha cenefa. Alzándose después, se dignó oprimir el botón de un timbre en el ángulo de la chimenea.
Casi enseguida, John, el ayuda de cámara, apareció en la puerta y se detuvo en ella.
—Mire si mi cartera se ha caído bajo la mesa —dijo lord Piborne.
John se inclinó, y levantando el tapete volvió a alzarse con las manos vacías.
La cartera de su señoría no se encontraba allí.
Segundo fruncimiento de cejas de lord Piborne.
—¿Dónde está lady Piborne? —preguntó.
—En sus habitaciones —respondió el ayuda de cámara.
—¿Y el conde Ashton?
