Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés ¿Y POR QUÉ NO?
DECIDIDAMENTE, toda clase de felicidades se sucedían en la existencia de Hormiguita desde que había abandonado Trelingar-Castle: la dicha de haber salvado y recogido a Bob, de haber encontrado a Grip y a Sissy, de haberles casado; sin hablar de los fructuosos negocios que hacía el joven dueño de «Los pequeños bolsillos».
Iba a la fortuna a fuerza de inteligencia y de valor también.
Su conducta a bordo de la Doris era una prueba clara.
Una sola dicha le faltaba, sin la que no podía ser dichoso por completo: la de devolver a la familia MacCarthy todo el bien que ésta le había hecho.
¡Con qué impaciencia se esperaba la llegada del Queensland!
La travesía se prolongaba. Esos veleros que están a merced del viento y en la terrible estación del equinoccio, exigen mucha paciencia. Por otra parte, aún no había razón para inquietarse. Hormiguita no había descuidado escribir a Queenstown, y los armadores del Queensland, los señores Benett, debían prevenirle por telégrafo en el momento en que el barco fuera señalado.
