Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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XV

¿Y POR QUÉ NO?

DECIDIDAMENTE, toda clase de felicidades se sucedían en la existencia de Hormiguita desde que había abandonado Trelingar-Castle: la dicha de haber salvado y recogido a Bob, de haber encontrado a Grip y a Sissy, de haberles casado; sin hablar de los fructuosos negocios que hacía el joven dueño de «Los pequeños bolsillos».

Iba a la fortuna a fuerza de inteligencia y de valor también.

Su conducta a bordo de la Doris era una prueba clara.

Una sola dicha le faltaba, sin la que no podía ser dichoso por completo: la de devolver a la familia MacCarthy todo el bien que ésta le había hecho.

¡Con qué impaciencia se esperaba la llegada del Queensland!

La travesía se prolongaba. Esos veleros que están a merced del viento y en la terrible estación del equinoccio, exigen mucha paciencia. Por otra parte, aún no había razón para inquietarse. Hormiguita no había descuidado escribir a Queenstown, y los armadores del Queensland, los señores Benett, debían prevenirle por telégrafo en el momento en que el barco fuera señalado.


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