Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés En los pueblos de la alta Irlanda hay mucha pobreza, y sin embargo hay trapos que lucen en las fiestas. Los hombres llevan la capa remendada; las mujeres visten faldas sobrepuestas, y se cubren con sombreros con flores artificiales de las que no queda más que el armazón de alambre. Todos llegan con los pies desnudos al umbral de la iglesia a fin de no estropear su calzado: botines de suela rota y botas destrozadas, sin las que ninguno querrÃa franquear el pórtico del templo.
En aquel momento, no habÃa nadie en las calles de Westport, excepto un individuo que iba en una carreta arrastrada por un perrazo delgado y sin lana, negro y feo, con las patas destrozadas por los guijarros, y el pelo deslucido por la cuerda.
—¡Muñecos reales! ¡Muñecos! —gritaba aquel hombre.
