Aventuras del capitan Hatteras

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Capítulo XI

EL PULGAR DEL DIABLO

DURANTE el tiempo que estuvo fuera el comandante, los tripulantes habían ejecutado varios trabajos para poner al buque en condiciones de evitar la presión de los icefields. Pen, Clifton, Bolton, Gripper y Simpson se ocupaban en tan penosa faena, y el fogonero y los maquinistas tuvieron que ayudar a sus camaradas, porque era obligación suya, desde el momento en que el servicio de la máquina no exigía su presencia, desempeñar las funciones de marineros, pudiendo, por consiguiente, ser empleados en todos los servicios de a bordo.

Pero eso les ponía de un humor muy negro.

—Declaro —dijo Pen— que ya no puedo más; y si dentro de tres días no ha llegado el deshielo, juro por quien soy que me cruzo de brazos.

—¡Cruzarte de brazos! —respondió Gripper—. ¿No vale más que los emplees en volver atrás? ¿Crees acaso que nos resignaremos a invernar aquí hasta el próximo año?

—¡Buen invierno pasaríamos —dijo Pen—, estando el buque amenazado por todos lados!

—¿Y quién nos asegura —dijo Brunton— que en la primavera próxima estará el mar más libre que ahora?

—No se trata de la primavera próxima —replicó Pen—; nos hallamos en jueves; si el domingo no está libre el camino nos volveremos hacia el Sur.


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