Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras EL CAPITÁN HATTERAS
EL Forward avanzaba rápidamente, al vapor, entre los icefields y las montañas de hielo. Johnson se puso él mismo al timón. Shandon examinaba el horizonte con sus anteojos, pero su alegría fue muy pasajera, pues no tardó en reconocer que el pasadizo conducía a un anfiteatro de montañas.
Sin embargo, a las dificultades de retroceder, prefirió las eventualidades de seguir avanzando.
El perro seguía al bergantín corriendo por la llanura, pero se mantenía a una distancia bastante considerable, si bien, cuando se paraba, se oía un silbido singular, que le obligaba a seguir su marcha.
La primera vez que sonó el silbido los marineros miraron azorados en derredor. Estaban solos en el puente, reunidos en conciliábulos, sin que hubiese ninguna persona extraña, ninguna persona desconocida, y, sin embargo, el silbido se repitió muchas veces.
Clifton fue el primero que se manifestó alarmado.
—¿Oís? —dijo—. ¿Y no veis cómo salta el animal cuantas veces se le silba?
—Parece cosa del otro mundo —respondió Gripper.
—¡Se acabó! —Exclamó Pen—; yo no doy un paso más.
—Pen tiene razón —replicó Brunton—; estamos ya tentando a Dios.
