Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Y bien, Shandon —dijo Hatteras—; consideremos los dos casos. El mar está o no libre de hielos. En ninguno de los dos casos se nos puede impedir llegar al Polo. Si el mar está libre, el Forward nos conducirá a él sin trabajo; si está helado, haremos la expedición en nuestros trineos. Me concederéis que eso no es impracticable. Una vez llegados en nuestro bergantÃn hasta los 83°, no tendremos que andar más que seiscientas millas para alcanzar el Polo.
—¿Y qué son seiscientas millas —dijo el doctor— cuando es sabido que un cosaco, Alexis Markoff, ha recorrido en medio del mar Glacial, a lo largo de la costa septentrional del imperio ruso, en trineos tirados por perros, una distancia de ochocientas millas en veinticuatro dÃas?
—Ya lo veis, Shandon —respondió Hatteras—, y siendo ingleses, ¿no hemos de poder hacer tanto, por lo menos, como un cosaco?
—¡Es claro! —exclamó el entusiasta doctor.
—¡Es claro! —repitió el contramaestre.
—¿Qué decÃs ahora, Shandon? —preguntó el capitán.
—Capitán —respondió frÃamente Shandon—, yo no puedo hacer más que repetiros mis primeras palabras: obedeceré.