Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Justamente, capitán, porque las expediciones han sido numerosas desde 1845. Hasta 1848 no empezó a causar inquietud la desaparición del Erebus y del Terror, los dos buques de Franklin. Entonces se vio al antiguo amigo del almirante, el doctor Richardson, a la edad de setenta años, recorrer el Canadá y remontar el río Coppermino hasta el mar polar, en tanto que James Ross, comandante del Enterprise y del Investigator, zarpaba de Uppernawik en 1848, y llegó al cabo de York, donde nosotros nos hallamos en este momento. Todos los días echó al mar un barril que contenía papeles destinados a dar a conocer su posición; durante la niebla tiraba cañonazos; por la noche disparaba cohetes y encendía fuegos de Bengala, procurando mantenerse siempre casi al pairo y navegar con poco trapo; por último, invernó en el puerto de Leopoldo, desde 1848 a 1849; allí se apoderó de un gran número de zorras blancas, en cuyo cuello mandó poner collares de cobre que tenían grabada la indicación de la situación de los buques y de los depósitos de víveres, y obligó a los animales a dispersarse en todas direcciones; después, al llegar la primavera, empezó a explorar las costas de North Sommerset en trineos, en medio de privaciones y peligros, que hicieron enfermar y estropearon a casi todos sus marineros, levantando cairns[26], donde encerraba cilindros de cobre, con las notas necesarias para orientar a la expedición perdida; durante su ausencia, el teniente McClure exploraba, sin resultado, las costas septentrionales del estrecho de Barrow. Es de notar, capitán, que James Ross tenía bajo sus órdenes dos oficiales destinados a hacerse célebres más adelante: McClure, que salvó el paso del Noroeste, y McClintock, que descubrió los restos de Franklin.