Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras EL DERROTERO DEL NORTE
PARECÍA que la tripulación había recobrado sus hábitos de disciplina y obediencia. Las maniobras, escasas y poco fatigosas, dejaban a los marineros muchos ratos de descanso. La temperatura se mantenía encima del punto de congelación, y los mayores obstáculos de la navegación debían ser allanados por el deshielo.
Duck, familiar y amable, había contraído sinceramente amistosas relaciones con el doctor Clawbonny. Estaban los dos a partir un piñón. Pero como en las amistades hay siempre un amigo sacrificado al otro, preciso es confesar que el otro no era el doctor; Duck hacía de él cuanto quería. El doctor obedecía como un perro a su amo. Duck, además, se había vuelto amable con la mayor parte de los marineros y oficiales de a bordo, si bien, sin duda por instinto, evitaba la compañía de Shandon, y regañaba los dientes, ¡y qué dientes!, a Pen y a Warren, traduciendo en mal reprimidos refunfuños, siempre que se acercaba a ellos, la aversión que le inspiraban. Éstos, por otra parte, no se atrevían ya a jugar ninguna mala pasada al perro del capitán, «a su genio familiar», como le llamaba Clifton.
La tripulación había recobrado su confianza y se conducía bien.
