Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Hatteras vio que no podría ya obtener de aquella tripulación mal dispuesta, sobre todo estando, como estaba, extenuada de fatiga, maniobras como las precedentes. Por espacio de veinticuatro horas permaneció a la vista de la isla de Behring sin adelantar un paso. Sin embargo, la temperatura bajaba, y bajo aquellas altas latitudes se sentía ya la influencia del próximo invierno. El 24, el termómetro cayó a 22° (—6° centígrados). El young-ice, el hielo nuevo, se reformaba durante la noche y adquiría un grosor de seis u ocho pulgadas, y, si nevaba encima, podía ser muy pronto bastante fuerte para soportar el peso de un hombre. El mar tomaba ya el matiz sucio que anuncia la formación de los primeros cristales.

Hatteras no se forjaba ilusiones acerca de síntomas tan alarmantes. Si llegaban los pasos a obstruirse, se vería obligado a invernar en aquel punto, lejos del objeto de su viaje, y sin haber siquiera entrevisto aquel mar libre de que tan cerca debía estar, según los informes de sus predecesores. Resolvió, pues, seguir adelante a toda costa y ganar algunos grados hacia el Norte. Viendo que no podía emplear los remos con una tripulación cansada y descontenta, ni las velas con un viento siempre contrario, dio orden de encender los hornos.


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