Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor, siguiendo los consejos de Johnson, se acostumbraba ya a soportar las bajas temperaturas. PermanecÃa casi incesantemente sobre cubierta, retando al frÃo, al viento y a la nieve. HabÃa enflaquecido algo, pero su constitución permanecÃa superior a la rudeza del clima. Además, él esperaba mayores peligros y consideraba hasta con alegrÃa los sÃntomas precursores del invierno.
—¿No veis —dijo un dÃa a Johnson— cuántas bandadas de pájaros emigran hacia el Sur? ¡Cómo huyen a todo vuelo, dando gritos que deben de ser adioses de despedida!
—SÃ, señor Clawbonny —respondió Johnson—. Alguna cosa les ha dicho que era menester partir, y se han puesto en camino.
—Yo creo, Johnson, que hay entre nosotros más de dos que quisieran imitarles.

—Son corazones débiles, señor Clawbonny. ¡Qué diablos!, esos animales no tienen, como nosotros, provisiones ni vÃveres, y han de buscar en otra parte medios de subsistencia. Pero marinos como nosotros, con un buen buque bajo los pies, deben ir al fin del mundo.
—¿Esperáis vos, pues, que Hatteras vea realizados sus proyectos?
—Los verá realizados, señor Clawbonny.