Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras EL CAIRN
AQUEL fenómeno particular de los climas polares habÃa durado tres cuartos de hora. Los osos y las zorras tuvieron tiempo de hacer su agosto; aquellas provisiones llegaban a tiempo para que sacasen la tripa del mal año aquellos animales hambrientos durante un invierno tan rudo. El toldo del trineo, destrozado por garras poderosas; las cajas del pemmican, abiertas y hechas añicos; los sacos de galleta, casi vacÃos, las provisiones de té, tiradas sobre la nieve; un tonel de alcohol, descoyuntado y sin su precioso lÃquido; los efectos del campamento, dispersos, saqueados; todo demostraba el encarnizamiento de aquellas bestias salvajes, su avidez famélica, su voracidad insaciable.
—¡Qué desgracia! —dijo Bell contemplando aquella escena de desolación.
—Y, probablemente, irreparable —repuso Simpsom.
—Evaluemos primero las pérdidas —repuso el doctor—, y después hablaremos.
