Aventuras del capitan Hatteras

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Capítulo IV

LA ÚLTIMA CARGA DE PÓLVORA

JOHNSON había tenido que dar asilo en la casa de hielo a los perros, rendidos de fatiga. Cuando la nieve cae en abundancia, puede servir de abrigo a los animales, cuyo calor natural conserva. Pero al aire libre, con un frío seco de 40°, las pobres bestias se hubieran helado en poco tiempo.

Johnson, que era un excelente dog driver[37], dio a comer a los perros la carne negra de foca que tanto repugnaba a los viajeros, y vio con asombro que era para los animales un verdadero regalo. El viejo marino, muy alegre, contó esta particularidad al doctor.

A éste no le causó ninguna sorpresa, porque sabía que en el norte de América el pescado es el alimento principal de los caballos, y con lo que bastaba a éstos, que son esencialmente herbívoros, bien podían contentarse los perros, que son carnívoros.

Para gentes que acaban de andar 15 millas por el hielo, el sueño era una necesidad imperiosa, y, sin embargo, el doctor quiso, antes de dormirse, hablar a sus compañeros de la situación, sin atenuar su gravedad.

—No hemos llegado aún —dijo— al 82° paralelo, y estamos ya casi sin víveres.

—Por lo mismo, no debemos perder un instante —respondió Hatteras—. ¡Es preciso partir! Los más fuertes arrastrarán a los más débiles.


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