Aventuras del capitan Hatteras

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Entonces el doctor pensó en los medios de defensa de la plaza. Bajo su dirección, se rodeó la meseta de una verdadera fortificación de hielo que la ponía a cubierto de todas las invasiones. Su altura formaba una escarpa natural, y como no tenía puntos entrantes ni salientes, era igualmente fuerte en todos sus flancos. El doctor, organizando este sistema de defensa, recordaba indeciblemente al digno tío Tobías, de Sterne, del cual tenía la dulce bondad y el apacible humor. Daba gusto verle calcular la pendiente de su escarpa interior, la inclinación del terraplén y la anchura de la trinchera. Pero este trabajo se hacía con tanta facilidad con aquella nieve complaciente, que el amable ingeniero pudo dar a su muralla de hielo hasta siete pies de grosor, y, además, como la meseta dominaba la bahía, no hubo necesidad de construir ni contraescarpa, ni talud exterior, ni glacis. El parapeto de nieve, después de rodear la meseta, seguía la muralla de la roca, y se unía con la casa por los dos lados. Aquellas obras castrenses terminaron hacia el 15 de abril. El fuerte estaba completo; y el doctor contemplaba su obra con orgullo.






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