Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras EL FRÍO Y EL CALOR
HATTERAS y Johnson aguardaban con cierta inquietud a los tres cazadores. Éstos se hallaban en sus glorias dentro de una habitación caliente y cómoda. La temperatura, llegada la noche, había bajado considerablemente, de modo que el termómetro, expuesto al aire libre, marcaba 32° bajo cero (—36° centígrados).
Los recién llegados, rendidos de fatiga y casi helados, no podían con su alma. Afortunadamente las estufas estaban encendidas, y el hornillo no aguardaba más que los productos de la caza. El doctor se convirtió en cocinero y se puso a asar algunas chuletas de loba marina. A las nueve de la noche, los cinco convidados se sentaban a la mesa, delante de una buena cena.
—A fe mía —dijo Bell—, que a riesgo de pasar por un esquimal, he de decir muy alto que la cena es lo mejor que tiene una invernada, y que delante de ella, cuando se nos presenta, no debemos andarnos con escrúpulos ni dengues.
Como todos los convidados tenían la boca llena, ninguno pudo responder inmediatamente al carpintero, pero el doctor le dio a entender con su actitud que participaba de sus opiniones.

