Aventuras del capitan Hatteras

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Capítulo XVII

EL DESQUITE DE ALTAMONT

AL día siguiente, el doctor y sus compañeros se despertaron, habiendo pasado la noche en la más perfecta tranquilidad. El frío, sin ser intenso, les había desazonado algo antes de amanecer, pero se abrigaron bien y durmieron profundamente bajo la salvaguardia de los animales pacíficos.

Como el tiempo seguía bueno, resolvieron dedicar otro día al reconocimiento del país y a la caza de toros almizclados. Preciso era poner a Altamont en la posibilidad de cazar un poco, y se convino en que aun cuando los toros almizclados fuesen los animales más inofensivos del mundo, tendría el derecho de tirarles. Además su carne, aunque muy impregnada de almizcle, forma un alimento sabroso, y los cazadores deseaban llevar al «Fuerte Providencia» algunos pedazos de aquella carne fresca y saludable.

Nada de particular, que digno de contar sea, ofreció el viaje en las primeras horas de la mañana. El país, hacia el Nordeste, empezaba a variar de fisonomía. Algunas prominencias, primeras ondulaciones de una comarca montuosa, hacían presagiar un terreno nuevo. Si aquella tierra de la Nueva América no formaba un continente, era, al menos, una isla importante; pero no se trataba de dilucidar este punto geográfico.


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