Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Un instante después apareció la foca con la cabeza fuera del agua, pero no tuvo tiempo de volverla a sumergir, porque las patas del oso, como distendidas por un resorte, se juntaron y apretaron al animal con un vigor irresistible, y lo arrancaron de su elemento predilecto.
La lucha fue rápida. La foca se defendió durante algunos segundos, y quedó estrujada contra el pecho de su colosal adversario. Éste, llevándosela sin trabajo, aunque ella era de gran tamaño, y saltando ligeramente de un témpano a otro hasta la tierra firme, desapareció con su presa.
—¡Buen viaje! —dijo Johnson—. El tal oso tiene a su disposición demasiadas patas.

La falúa ganó muy pronto el ancón que Bell le había preparado entre los hielos.
Cuatro días faltaban aún a Hatteras y sus compañeros para emprender su marcha. Hatteras activaba los últimos preparativos. Tenía prisa en dejar aquella Nueva América, aquella tierra que no era suya, a la que él no había dado nombre, y en la cual se consideraba extranjero.