Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras EL MAR LIBRE
AL día siguiente por la mañana, Johnson y Bell procedieron al embarque de los efectos del campamento. A las ocho, los preparativos de marcha estaban terminados. En el momento de dejar aquella costa, el doctor empezó a pensar en los viajeros cuyas huellas se habían encontrado, incidente que no dejaba de preocuparle.
¿Querían aquellos hombres ganar el Polo Norte? ¿Tenían a su disposición algún medio de pasar el océano polar? ¿Se les volvería a encontrar en aquel camino nuevo?
En tres días ningún vestigio había descubierto la presencia de aquellos viajeros, y en verdad que cualesquiera que ellos fuesen, no debían haber llegado a Puerto Altamont, que era un lugar enteramente virgen aún de pasos humanos.
El doctor, sin embargo, perseguido por sus pensamientos, quiso echar al país la última ojeada, y se encaramó a una eminencia que tendría todo lo más cien pies de elevación, pudiendo desde ella recorrer su mirada todo el horizonte del Sur.
Llegado a la cima, miró con el anteojo. ¡Pero cuál fue su sorpresa al notar que nada veía, no ya a lo lejos en las llanuras, sino aun a la distancia de dos pasos! Esto le pareció muy singular, examinó de nuevo, y, al fin, miró su anteojo… Le faltaba el objetivo.

