Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras LAS CERCANÍAS DEL POLO
REINABA cierta incertidumbre. Nada se descubría en aquella circunferencia con tanta limpieza trazada. Ni un punto que no fuese mar o cielo. Ni siquiera se veía flotar en la superficie de las olas un tallo de aquellas hierbas terrestres que hicieron palpitar el corazón de Cristóbal Colón cuando marchaba al descubrimiento de América.
Hatteras seguía mirando.

Por fin, a las seis de la tarde, un vapor de forma indecisa, pero sensiblemente elevado, apareció sobre el nivel del mar. Parecía un penacho de humo. El cielo estaba perfectamente puro, y, por consiguiente, aquel vapor, que desaparecía y reaparecía a cada instante, como agitado, no podía ser una nube.
Hatteras fue el primero que observó aquel fenómeno, aquel punto indeciso, aquel vapor inexplicable, y con su anteojo lo examinó sin descanso por espacio de una hora.
De repente, cierto indicio, cierta apariencia sorprendió su mirada, pues extendió los brazos hacia el horizonte gritando con entusiasmo:
—¡Tierra! ¡Tierra!
Al oír estas palabras, todos se levantaron como movidos por un sacudimiento eléctrico.
