Aventuras del capitan Hatteras

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Capítulo XXVII

CONCLUSIÓN

¿DE qué sirve ocuparse de las desventuras que abrumaron sin tregua a los sobrevivientes de la expedición? Ellos mismos no pudieron hallar jamás en su memoria el recuerdo circunstanciado de los ocho días que transcurrieron desde el horrible descubrimiento de los restos de la tripulación. Sin embargo, el 9 de setiembre, por un milagro de energía, se hallaron en el cabo Horsburg, en la extremidad del Devon Septentrional.

Estaban extenuados de hambre. Hacía cuarenta y ocho horas que no habían probado un bocado, y su última comida se debió a la carne de su último perro esquimal. Bell no podía ir más lejos, y el viejo Johnson se sentía morir.

Se hallaban a las orillas del mar de Baffin, helado en parte, es decir, en el camino de Europa. A tres millas de la costa, las olas libres se estrellaban con ruido contra los témpanos del campo de hielo.

Era preciso aguardar el paso problemático de un ballenero, ¿y cuántos días aún?

Pero el cielo tuvo piedad de aquellos desgraciados, pues, al día siguiente, Altamont distinguió perfectamente una vela en el horizonte.


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