Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Sin embargo, aquella triste víctima de una pasión sublime, vivía pacíficamente en el hospital de Sten Cottage, cerca de Liverpool, donde le hizo entrar su mismo amigo el doctor. Su locura era tranquila, pero no hablaba ni comprendía, y parecía que su palabra había desaparecido con su razón. No le enlazaba con el mundo exterior más que un solo sentimiento, la amistad que profesaba a Duck, del cual no se separó.
Aquella enfermedad, aquella «locura polar», seguía, pues, tranquilamente su curso, y no presentaba ningún síntoma particular, cuando un día el doctor Clawbonny, que visitaba con frecuencia al pobre enfermo, quedó sorprendido al ver su modo de andar. Desde algún tiempo el capitán Hatteras, seguido de su fiel perro que le miraba con ojos dulces y tristes, se paseaba todos los días por espacio de muchas horas. Pero en su paseo seguía invariablemente un sentido determinado en la dirección de cierta alameda de Sten Cottage. El capitán, al llegar a la extremidad de la alameda, andaba a reculones. Si alguno le detenía, le indicaba con la mano un punto fijo en el cielo. Si se le quería obligar a volverse de cara, se irritaba, y Duck, participando de su cólera, ladraba con furor.