De la Tierra a la Luna

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-Tenéis razón-dijo el ingeniero Murchison-. Debemos, en cuanto podamos, evitar los cursos de agua durante la perforación; pero si encontramos manantiales, no hay que amilanarse por eso, los agotaremos con nuestras máquinas o los desviaremos. No se trata de un pozo artesiano, estrecho y oscuro, en el que la terraja, el cubo, la sonda, en una palabra, todos los instrumentos del perforador, trabajan a ciegas. No. Nosotros trabajaremos al aire libre, a plena luz, con el azadón o el pico en la mano, y con el auxilio de los barrenos saldremos pronto del paso.

-Sin embargo -respondió Barbicane-, si por la elevación o naturaleza del terreno podemos evitar una lucha con las aguas subterráneas, el trabajo será más rápido y saldrá más perfecto. Procuremos, pues, abrir nuestra zanja en un terreno situado a algunos centenares de toesas sobre el nivel del mar.

-Tenéis razón, señor Barbicane; y, si no me engaño, no tardaremos en encontrar el sitio que nos conviene.

-¡Ah! Ya quisiera haber dado el primer azadonazo -dijo el presidente.

-¡Y yo el último! -exclamó J. T. Maston.

-Todo se andará, señores -respondió el ingeniero-, y, creedme, la compañía de Goldspring no tendrá que pagar indemnización alguna por causa de retraso.


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