De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —No lo rehacemos sino en parte; rehacemos solamente el oxÃgeno, amigo Miguel; y a propósito, hay que cuidar mucho que el aparato no produzca una cantidad excesiva, porque esto podÃa ocasionar trastornos fisiológicos de gravedad. Pero si rehacemos el oxÃgeno no rehacemos el nitrógeno, vehÃculo que los pulmones no absorben y que debe quedar intacto, pues este nitrógeno se escaparÃa con rapidez por la abertura de las lumbreras.
—¡Oh! ¿Tanto tiempo se necesita para arrojar a ese pobre Satélite? —preguntó Miguel.
—No mucho, pero de todos modos es preciso hacerlo con la mayor rapidez posible.
—¿Y la otra razón? —preguntó Miguel.
—La otra razón es que no conviene dejar penetrar en el interior del proyectil los frÃos exteriores, que son excesivos, so pena de exponernos a quedar helados.
—Sin embargo, el Sol...
—El Sol calienta nuestro proyectil, que absorbe sus rayos, pero no calienta el vacÃo en que flotamos. Donde no hay aire, no hay calor ni luz difusa, y asà como reina oscuridad, reina frÃo, allà donde no llegan directamente los rayos del Sol. Esta temperatura no es sino la producida por la estelar, es decir, la que sufrirÃa el globo terrestre si el Sol se apagara un dÃa.
—Lo cual no es de temer —respondió Nicholl.