De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Eso no lo hemos hecho ni podÃamos hacerlo al pasar por primera vez por el punto muerto a causa de que el proyectil se hallaba animado todavÃa de una velocidad demasiado grande.
—Muy bien razonado —dijo Nicholl.,
—Esperemos, pues, con paciencia —prosiguió Barbicane—, Pongamos de parte nuestra todas las probabilidades, y después de haber desesperado tanto, empiezo a creer que lograremos nuestro objeto.
Esta conclusión mereció los aplausos de Miguel Ardán. Ninguno, de aquellos tres locos audaces se acordaba ya de que habÃan convenido en que la Luna no estaba habitada ni probablemente era habitable; lejos de esto, iban a hacer todos los esfuerzos posibles por llegar a ella.
Sólo faltaba resolver una cuestión. ¿En qué momento llegarÃa el proyectil al punto de atracción igual en que los viajeros se jugarÃan el todo por el todo?